Me tardé en escribir estas líneas por la dificultad en la
decisión sobre cómo abordar los recuerdos de mi abuelita. De nuestra abuelita.
Ita, abue, Lucha... Según quién la mencione.
Una forma era a partir de sus frases:
A su esposo: "ay, ¿ya vas a fumar otra vez?... ¿Le
vas a poner sal? ¡Pero ni lo has probado!... ¡Siempre me hace lo mismo!... ¡¿Qué te le quedas mirando a esa?!
A su primogénito:
Ay, ¿por qué no me has hablado? ¡Nunca me hablas! Y te
quiero tanto. Háblame, no seas canijo. (Ahora mi madre me dice esas frases a
mi).
A mi:
Ay hijo, ¿qué
compraste? ¿Más libros? ¿para qué compras libros, si ya tienes tantos?
Esta frase me permite brincar a una anécdota. Ella vivía
con nosotros, se quejaba de mis tiraderos y de mis libros. Un día, regreso a
casa, supongo que del colegio, cuando muy orgullosa me dice que me arregló los
libros. Temiendo lo peor corro a ver y, oh desgracia, se confirmaron mis más
temibles sospechas. Tooooodos los libros estaban acomodados por tamaño, por
colores y según lo más o menos maltratado (yo los tenía ordenados por temática,
por necesidad de consulta , etc. Nunca
comprendió por qué no me gustó su arreglo.
Recuerdos hay muchos. Pero una forma de hacerla feliz era
disfrutar su comida. Bastaba pedir que te sirvieran otra ración de su sopa de
poro y papa, de su mancha manteles, pipián verde, pastel de elote...
¿Qué más puedo decir de mi abue? Que comprendió los
cambios de mundo, que vive en los gestos y manías de Paty y Santa. Que habita
nuestros corazones. Y que merece, sin duda alguna, nuestro homenaje.
Luis Castro Obregón
Navidad en Tampico 1976:





